miércoles, 27 de abril de 2011

DiVersos

Coro de mayo


Que me den las campanas
Y que me den las rosas.

Que me den los chiquillos que a media tarde
cantaban canciones de mayo.

Que me den las canciones a las rosas, las canciones a las flores,
al blanco manto de la muchacha delicada.
Que me den un encargo deleitoso,
como el de la muchacha blanca.
Hacer de los pétalos, milagro.

Que me den el embriagante aroma
de las rosas y el tierno atardecer de mayo
que amplios ventanales, dejaban caer en el cuadro.

Que me den el embriagante aroma de rosas,
dulce éxtasis de la tarde,
que dan al coro desafinado una estampa
y un recuerdo nostálgico.

De las campanas y las rosas
que me den, los blancos.



Etiquetas: DiVersos

sábado, 26 de marzo de 2011

Umbral


Sentado en el umbral del tiempo.

-No empieces de nuevo con tus poesías.

En el umbral al menos, cuando esperaba que el sol entrara por el río.

-Si vas a seguir por ahí, me voy a marchar, no quiero escuchar.

En el umbral del río, una tarde cuando el sol ya entraba, sentía la arena caliente bajo mis pies.

-Sí, era una tarde que caía cálida y nueva. Habíamos ido a los huertos entre los chopos y el aire olía a hierbabuena.

Tú no quieres mis poesías, prefieres las tuyas ¿verdad? No, a lo mejor no vale la poesía para aquella tarde de tiempo rabioso.

-El olor a hierbabuena hacía pesada la tarde.

No veles, la tarde era pesada por el umbral del río.

-Te he dicho que si vas por ahí, me voy. La tarde caía con la dulce luz de los lirios. La arena picaba en los pies y yo quería irme.

Tú no querías irte.

-Sí, te dije que nos fueramos, tú insististe, en el umbral del río. Estuvimos en el otro lado y no hubo ningún problema. El sol aún estaba lejos del rojo umbral del horizonte.

Tú insististe, cuando volvimos de estar con ellos, tú insististe en el umbral del río, porque en la otra orilla estaba ella.

-Qué, no saques ahora cosas, qué, tú no viste nada. En la orilla estaba el sol entrando en el juncal.

En la orilla estaba ella, vistiendo braguitas.

-Qué dices, qué dices ¿ves como el río con su umbral de sol, se te ha subido a la cabeza?.

Los que estaban con ella, se divertían mirándola, mirandola mientras daba vueltas entre el juncal.

-Te equivocas, la arena la tienes en la cabeza, no en los pies, te equivocas, los otros fueron tras ella y el olor entre los chopos les aligeró las ropas.

La tarde ha traspasado el umbral. Tú lo viste, todos corrían, corrían rozados por los helechos y el olor a menta y a humedal les llevó hasta el umbral del río.

-No ví, no miré, no quise ver, lo ví antes, inmediatamente, luego ya no quise ver, cerré los ojos y no quise ver.

Pero oíste el chapoteo en el agua, oíste, no puediste no oírlo.

-Deja que me agarre al umbral, deja que no oíga en esta tarde nueva de sol en la arena.

Reían, reían. El río cálido deslizaba, por entre umbrales de sol, sus cuerpos canela En el umbral del tiempo, ella gritaba. En el umbral del río, se hizo el silencio.

-Cállate. Ya te dicho que en el río ni hay juncal ni hay arena caliente en los pies de la tarde nueva. No hay río en el umbral de la vida. Hay silencio en el umbral del tiempo.


viernes, 25 de marzo de 2011

DiVersos


Diálogos del silencio,
metáforas del olvido.

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Cielo y tierra se deshilvanan, en el horizonte.


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Una botella en el aire.
Confianza y destino.

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Destino, no quita brizna a la incógnita de acogida.


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Un nombre, letras para un muerto.

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Los desaparecidos vienen a los sueños,
para dejarse ver.

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Quiere el invierno volvernos
niños con el frío, con la nieve y el viento.
Quiere el invierno que la chimenea nos pierda
en la nostalgia.

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La voz de un padre: deseando que vengan, y temblando que lleguen.

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El sueño de una noche,
o el despertar en invierno.

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En el invierno de un padre,
el sueño de una voz.


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Éter: metáfora de los diálogos del silencio.


sábado, 26 de febrero de 2011

Narraciones ficticias 24


Qué tal tío.
De currar. Bien.Bueno, regular.He estado de baja...la espalda.
Silencio, desvío de miradas...
Pero bien.
Silencio. Los demás hablan un poco entre sí. Algún gesto dolorido.
Sobretodo soledad, mucha soledad.


DiVersos


Y ahora los muertos están volando, dice el niño
mientras lanza besos al viento.


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Un duro albedrío.


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La memoria obliga,
a seguir viviendo.


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La sobriedad asombrada
de la virgen románica(XII)y
la sensual boca y la pícara mirada
de la virgen cristiana(XVI).


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Se han roto los cántaros y se ha pervertido la vida.


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La planicie del mar acalla
un momento,
las espigas cerebrales.


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historia de amor,
gemelos en silencio.


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En la esquina
deshojada la rosa de los vientos
hallé


Narraciones ficticias 23


UNA DE VERANO


En una ciudad italiana de sensual nombre, una noche, perdida la orientación, erraba por un parque desconocido.
En la acera próxima, sentados en una terraza, un par de hombres jóvenes, ansiosos de ligoteo turístico, sonríen y chistan con incitación de verano.
Saliendo del parque, pasea su mirada por el lomo brillante de una ducati azul.
Los jóvenes, aludidos, le silvan jaleados.
Se acerca y próxima les encara un ¡ah, ah! divertido.
La cabeza ya gira en la dirección emprendida y ve la estela de una mirada de asombro.
La de aquél que al pasar, notó los años.


sábado, 22 de enero de 2011

Narraciones ficticias 22


UNA SIESTA



Traje azul oscuro, camisa azul celeste y corbata azul casi gris con motitas ligeramente granates. Pudiera ser que estas motitas fueran rombocitos o pequeñas mediaslunas, que las corbatas llevan para despistar el color general, o vizquear.

Falda negra, recogida abombachadamente, ligeramente por encima de la rodilla. Ella, elegante y económica, destacaba en el arreglo la gabardina verde oliva de botonadura cruzada.

Él con media barba de dos días, si bien tampoco parece sacrilegio considerar tres días, lee un libro ávaro y distraido. Un libro que tal vez Quijano, leería hoy. Un best-seller del día.

El de traje azul oscuro y media barba leía este libro, luego otro libro,otro libro y todo indicaba que devoraba los libros de aire, corrientes de viento, vampiros y fantasmas; asesinatos, monjes, monasterios, chica destroyer conoce chico macarra, en fin, multitud de lecturas que le entretenían la cabeza y los días.

Hoy, mientras lee uno de sus libros, lanza miradas de las llamadas de soslayo, a una moderna Dulcinea, que de tez dilicadamente suave y labios ligeramente sonrosados, reposa en el banco cómodamente, parece que descabezando un sueño inoportuno, impedíendola apreciar los ojazos de él, clavándose en su mentón que tenuamente se mueve.

De soslayo mira sus finas pantorrillas, pretegidas del leve frío por unas medias que a él se le antojan, desde luego, de seda negra -A su Dulcinea gloriosa, no le va a conceder unas medias de almacén.

De soslayo mira, mientras sueña y ve que las finas piernas culminan sobre un pequeño tacón. Un taconcito de factura clásica, lo suficientemente alto como para ensoñar qué serían aquellas finas piernas, si en vez de modesta estatura, el tacón lo fuese de aguja. Tan clásico y tan moderno como para desear ser el pecho afortunado, que recibiera la ligereza de su agudo pisar.

De soslayo mira, que el taconcito de aguja, acompaña con gracia a la horma de un zapato, acolchado en los flancos, rematando en un lacito, su redondeada punta.

El improvisado Quijote, o quizá el sacrificado Sancho volvió voraz a su lectura, pues la intensidad de este soslayo, podría despertar a la princesa, su Dulcinea de ensueño.

Ella, Aldonza probable , espabila su inesperada siesta y se levanta del banco, al tiempo que acabó el soslayo, y él perdía directo sus ojazos en el verde oliva de la gabardina, en las finas y largas piernas y en el taconcito conmovedor y el lazo.

Él, Alonso soslayado, perdía a su Dulcinea y ella, la más que probable Aldonza, se perdía, no en el trigal de un campo, sino en el gentío de quién sabe, sino era Gran Vía.